Mi ficción del cuento

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Publicado originalmente en el 2019. He aquí con algunas correcciones

Se ha escrito demasiado sobre el cuento, y valga decir que podría escribirse de manera innecesaria mucho más. Eso se lo dejo a los paladines del buen verbo, puesto que lo que compete para efectos de este ensayo es esclarecer de qué va este género según mi descalabrada perspectiva.

Para empezar, soy fiel defensor de la imitación, tanto por oposición como por exaltación (valga la cacofonía). Podríamos entender que lo cotidiano se embarca en conceptos inconexos, que van de la mano de una construcción sistematizada de nuestra mente; es decir, crear orden en el caos.

Dentro de la ficción, este balance hacia la coherencia es lo que permite penetrar en las exigencias de un relato, pues este, a grandes rasgos, no es más que una serie de acontecimientos con un principio, un medio y un fin. Parafraseando a Aristóteles: el principio es todo aquello que no goza de antecedente, pero sí de algo que le precede; el medio tiene antecedente y precedente, y el final posee antecedente y nada que lo preceda. Las historias se remiten sistematizar el azar. Podríamos decir que el cuento es un asunto ficcional que le compete al tiempo y al espacio. ¿Cómo transcurren los acontecimientos y dónde? ¿Qué se cuenta y cómo se cuenta? Pensemos en universos posibles en donde una particularidad y una anécdota toman foco en la ruptura y el posterior reparo del equilibrio.

El tema, me parece, lo menos importante. Lo realmente trascendental, lo que que notamos en grandes cuentistas como Borges o Felisberto Hernández, es el tratamiento que recae sobre aquello que hemos decidido escribir. Nuestro tópico es un bloque sin matices, y en realidad no debe existir problema con eso; si nos quitan lo que creemos que somos, volveríamos a nuestra naturaleza plana, a ser el bloque. Los tópicos están para trabajarlos, y algunos tienen la suerte — o la mala — de salir del sanatorio sin su medicación; los vemos dando vueltas por allí una y otra vez, contándonos lo mismo con una sonrisa sin alma. “Hace falta un mito”, diría Cesare Pavese. Cincelar el tópico. Entre contar y contar se revela la voz propia de quien escribe, de aquel que ha tirado tanto del hilo que ahora comprende que solo una buena historia puede revelarse cuando ponemos la fibra de la reflexión artística en ella. En el mundo del arte por la marca, es heroico encontrar el arte para el arte.

Decía Ricardo Piglia que un cuento debe tener dos historias. Por un lado, una que trabaje de manera denotativa, como una exposición; por el otro, una insinuación. A primera vista podríamos pensar que un cuento debe forjarse bajo la expectativa de la sorpresa; y sin embargo, encontraremos relatos estáticos, como un reloj de arena vacío, que al terminar de leerlos han removido tanto en nosotros, sin precisar cómo lo han hecho.

Aquí el asunto: el cuento debe alborotar las vísceras de la emoción, poner sobre la mesa puntos clave que nos llamen a reconocernos, ya sea en lo sublime o en lo horroroso. De eso se alimentan las historias, al menos las que a mi juicio son avasallantes, que no están sujetas a una línea de pensamiento o a la tendencia moral de moda. Un cuento, por ser cuento y ficción, tiene la potestad de enfrentarnos, como un par de boxeadores dispuesto a dejar los dientes en la lona.

Se me ocurre que los cuentos encarnan una pérdida por estar llenos de una malicia que poco tiene que ver con la misericordia estética. Un buen cuentista jamás sale de casa sin su Virgilio de confianza para no ser presa del azar romántico, potenciar su nivel de observación, fijar la mira en la profundidad de los velos de la materia y colorearla con palabras desde el abismo del otro lado.

Una vez en el papel, el trabajo ya no es de observación, sino de receptividad auditiva. Dale voz al cuento con la tuya en alto. Si el ritmo es interrumpido por una palabra a destiempo, el pulso no debería temblar para guardarla en el recuerdo, pues todas las palabras son necesarias, pero no en todo sitio. Escucha al cuento y atiende sus necesidades; jamás al contrario. “Como cada palabra tiene un alma, hay en cada verso, además de la armonía verbal, una melodía ideal. La música es solo de la idea, muchas veces”, manifestó Rubén Darío.

La estocada final al texto es falsa. Es tan de ficción como lo que acabamos de escribir, pero hay que abandonar la contienda una vez que agotamos las fintas, al menos de momento. Que el lector se las arregle. Por algo ha decidido pactar en el juego y seguirle la corriente al narrador. Toca pasar la página agraviada de sustantivos y verbos, encontrarse de nuevo con el fantasma del vacío.

Total, que para empezar a escribir cuentos lo que hace falta es un poco de vocación, agallas y sinceridad. La técnica aparece con la práctica, y la práctica aparece con la voluntad. Creo, ante todo, que el respeto hacia el oficio de escribir nace cuando aceptamos que este no es necesario, que nuestra historia podrá emocionar y cautivar, pero ¿cambiar al mundo? ¿Quién quiere lanzarse esa vana tarea? Las historias existen más allá de su función; existen para renovarse a medida que nos renovamos como individuos, como artistas. De allí que el bloque a cincelar siempre sea plano; nunca dejaremos de moldear y ser moldeados.

De eso se trata escribir cuentos.

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Entusiasta de las artes escritas y sonoras. Recolector nivel experto de rechazos editoriales. Pirata de tierra firme. Letras UCV. Guitarrista en @RudrasMetal

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M. M. J. Miguel

M. M. J. Miguel

Entusiasta de las artes escritas y sonoras. Recolector nivel experto de rechazos editoriales. Pirata de tierra firme. Letras UCV. Guitarrista en @RudrasMetal

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